Mis padres eran campesinos, mi papá sembraba maíz y mi mamá era costurera. Ellos emigraron de Baja Verapaz, departamento de Guatemala a San Luis, un pueblo del sur del Petén, Guatemala, a final de 1950. Allí nací y crecí, y fui la mayor de ocho hermanos.
Empecé a ir a la escuela cuando tenía nueve años. Me gustaba ir a la escuela, aunque quedara a tres kilómetros de la casa. Me gustaba salir al frente y declamar poesía, o actuar y hacer a mis compañeros reír. Fui la mejor de la clase dos años seguidos, pero solo pude ir hasta 6to grado, debido a las limitaciones económicas de mi familia.
Me casé a los 17 años con mi esposo Mateo, en 1987, para ser más precisos. Tuvimos ocho hijos, él sembraba maíz y frijol y yo, le seguí los pasos a mi mamá y me dediqué a la costura. Mateo me compró una máquina de coser y yo era la que le hacia los uniformes a los niños del pueblo.
Vivimos en San Luis hasta 1995 y luego decidimos emigrar al caserío Cruce a La Colorada del municipio de San Andrés, situado en la parte norte de Petén. Nos fuimos en busca de tierras para trabajar, en búsqueda de un terrenito, tras la invitación de mi hermano, que ya vivía allí.
Pensamos que podríamos repetir el caso de mis padres, quien obtuvieron su parcela en San Luis gracias a la política de colonización agraria que incentivó la migración de muchas familias campesinas, como la nuestra al sur del Petén en 1960.
Cuando llegamos había más de 30 familias, muchas vivían desde más de diez años en el caserío. Enfrentamos dificultades al inicio para tratar de acoplarnos pero nos adaptamos a la comunidad agrícola local. Sin embargo, tres años despues de llegar, en 1998, llegaron diferentes instituciones del Estado y nos informaron que estábamos dentro del área protegida de la Biosfera Maya y que no podíamos solicitar terrenos con título de propiedad.